Un refugio llamado Triennale

En Milano me sentí comprendida. No por las personas, sino por los rincones y los edificios; por la historia.

Encontré un refugio.

Un espacio que me escuchó y me arropó. Un refugio donde el diseño entra en diálogo con la sociedad, donde las paredes parecen discutir y conversar, un lugar en el que las habitaciones no se limitan a mostrar objetos, sino a plantear preguntas sobre la manera en que somos y cómo vivimos.

Para entender Milano hay que entender, en gran parte, la Triennale, y viceversa. Milano es una ciudad industrial, creativa, financiera e internacional. Una ciudad en la que, durante buena parte del siglo XX, la relación industria-proyecto encontró una ciudad con terreno fértil. Aquí, el diseño se convirtió en un punto de encuentro entre diseñadores, productores, empresas, artistas y público.

La Triennale ha acompañado la historia milanés durante más de un siglo: desde los años en que comenzó a tomar forma el diseño italiano moderno hasta la reconstrucción de la vida después de la guerra, el auge económico, las transformaciones de la industria y los desafíos de un mundo globalizado. Hasta hoy que te cuestiona entre tecnología y política.

Para entenderla, hay que volver a 1923, cuando sus raíces todavía estaban en Monza. El 19 de mayo de ese año se inauguró en la Villa Reale la primera Exposición Internacional de Artes Decorativas, con el objetivo de estimular las relaciones entre industria, arte y sociedad.

La Italia de la posguerra buscaba en la industria la posibilidad de construir un nuevo bienestar y en el diseño creativo aquello que podía dar singularidad a sus producciones. Desde sus orígenes, la exposición partió de una idea que sigue siendo relevante: el arte, la industria y la creatividad no pertenecen a mundos separados, sus límites pueden ser permeables, y es precisamente en ese encuentro donde el diseño encuentra parte de su sentido.

En 1933, la exposición se trasladó a Milano, adoptó una periodicidad trienal y comenzó una nueva etapa en el Palazzo dell’Arte. La ciudad ofrecía un contexto particular: una red de diseñadores, productores, empresas y artistas en la que las ideas podían encontrarse con los medios para llevarlas a la práctica. Bajo la dirección de figuras como Gio Ponti, la Triennale consolidó una visión que buscaba acercar las distintas formas de expresión artística a las transformaciones sociales y económicas de su tiempo. La nueva sede fue posible con la donación de la familia Bernocchi, que en 1930 aportó fondos para la construcción del edificio. El proyecto quedó en manos del arquitecto Giovanni Muzio y el Palazzo dell’Arte abrió sus puertas en 1933.

Concebido para acoger grandes exposiciones y actividades museísticas, el edificio fue pensado como un espacio flexible, capaz de adaptarse a tantas y distintas formas de expresión. De arquitectura racionalista con una claridad de líneas y equilibrio en sus volúmenes, posicionada en el corazón de Milano, Parco Sempione, entre naturaleza y ciudad.

La Triennale no muestra únicamente lo que existió; muestra también lo que podría existir.

¿Qué debería ser un hogar? ¿Cómo tendría que funcionar una ciudad? ¿Qué relación queremos construir con la tecnología? ¿Cuál es la responsabilidad de quienes diseñan frente a la sociedad?

La Triennale no se agota en la idea de una exposición ni en la de un museo. Es una institución cultural que reúne muestras, investigación, archivos, colecciones, encuentros, teatro, música y formación. Un sistema en el que conviven distintas disciplinas y maneras de pensar el presente.

Quizá por eso se ha convertido en mi refugio. No porque me ofrezca respuestas, ni calidez sino porque me permite hacerme preguntas distintas, me permite olvidarme de mí para pensar en algo más. Porque, entre sus paredes, el diseño deja de ser únicamente una cuestión de objetos o de formas y se convierte en una manera de mirar la sociedad, de comprender su historia y de imaginar lo que todavía podría ser.

La Triennale se convirtió en mucho más que un lugar al que volver.

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